miércoles, 5 de julio de 2017

Exitium II, Parte III







29 de octubre.
Aeropuerto Madrid—Barajas.
5 días después del paciente 0

El sargento tenía una visión privilegiada del Skyline de Madrid desde la ventanilla del CH—47 Chinook. El ruido de los rotores del helicóptero lo envolvía todo, dándole todavía más dramatismo a las infinitas columnas de humo, producto de los fuegos que, incontrolados, devoraban la capital española desde varios días atrás. La aeronave del ejército de tierra español sobrevolaba Paracuellos del Jarama, bajo el tibio sol otoñal de mediodía. Ante él, las pistas auxiliares de la zona norte del aeropuerto internacional Madrid—Barajas se extendían como un mar de asfalto y hormigón. Pero no era un mar en calma. Cada metro de aquellas pistas, cada centímetro cuadrado, testificaba con imágenes atroces los turbulentos hechos acaecidos en las últimas veinticuatro horas. La pista 18R, la primera que sobrevoló el helicóptero tras dejar atrás la zona urbana recordaba a una base aérea de un conflicto bélico después de haber sufrido un ataque.  En la parte final yacía, inerte, la mitad del casco semicalcinado de un Boeing 747 de la compañía KLM. El resto del asfalto estaba salpicado por cientos de maletas abiertas, cuyo contenido se había desparramado a los cuatro vientos. En la zona intermedia podían apreciarse alrededor de una docena de cráteres causados por algún arma de artillería ligera, quizás en un intento desesperado de evitar el despegue de algún avión con infectados en el interior. Por supuesto que después de los impactos la pista estaba inoperativa. Lo que más llamaba la atención era que el cadáver del Boeing 747 no estaba acompañado de ningún vehículo de emergencias abandonado. Luego de su intento de despegue fallido, no recibió asistencia de ningún tipo. Quizás la tentativa había tenido lugar en las últimas horas, poco antes de que las instalaciones cayeran y la tripulación de KLM, desesperada, intentó despegar a pesar de que la pista estaba inutilizada.
—3 minutos para contacto –se escuchó dentro del helicóptero.
El sargento apartó su rostro de la ventanilla y volvió la vista al interior del aparato.
—Soldados, recuerden las instrucciones y no duden. Luchamos por la solución así que deben hacer lo que sea por el éxito de la misión. La compasión no es una opción. Hacemos esto para salvar a la humanidad, por lo que todas las acciones que nos lleven a ello están más que justificadas. De aquí en adelante ya no tenemos nombre. Somos todos uno. ¿Comprendido?
El resto de ocupantes del helicóptero, cinco soldados, amartillaron sus fusiles y contestaron en un orden impecable:
—Charlie 2, listo.
—Delta 3, listo.
—Echo 4, listo.
—Foxtrot 5, listo
El sargento asintió con la cabeza y siguió hablando:
—Bien. No estamos ante una extracción más de admitidos. Como ya sabéis la misión de hoy es decisiva para el Proyecto. Tango 1 ha traicionado a la corporación Zoth y tiene información sensible de todas las fases. Nuestro objetivo es capturarla con vida y llevarla ante el tribunal de justicia de la corporación para que dicte sentencia. Si no logramos capturarla con vida debemos abatirla, bajo ningún concepto debe escapar. Según los servicios de inteligencia, Tango 1, cogió uno de los últimos aviones que salieron del aeropuerto de Gatwick, Londres, hace 70 horas y logró aterrizar en Barajas. Un UAV le ha seguido la pista. Parece haberse unido a un grupo de supervivientes. Se han refugiado en un viejo Bunker de la guerra civil en la Alameda de Osuna hace poco más de dos horas. El helicóptero nos dejará en la parte sur del aeropuerto, en una zona de pistas auxiliares, frente a la terminal 1. Según reportes recibidos, dicha terminal fue puesta en cuarentena antes de que ser invadida por infectados, así que debería de estar limpia. El objetivo número uno es abrirnos camino desde el helicóptero hasta la terminal, a través de las pistas. Desde allí hay poco más de un kilómetro hasta el Bunker. Tendremos que abrirnos paso por una zona residencial hasta el objetivo final. Recordad que es nuestra primera acción tras el punto de ruptura, así que todo el territorio será hostil.
El sargento hizo una pausa y miró al resto de soldados durante varios segundos. Amartilló su arma.
—Es una misión de alto riesgo y por eso hemos sido seleccionados nosotros. Somos la octava compañía de la fuerza operativa zeta 63. La corporación dice que estamos entre las diez mejores FOZ del mundo y es por eso que nos han encargado esta misión. Solo hay dos salidas posibles de ahora en adelante: la victoria o la muerte.
—Sí, señor –los cuatro soldados respondieron al unísono con un grito fanático.
—30 segundos para contacto –se escuchó dentro del aparato.
El Chinook comenzó el descenso en vertical. La zona estaba bastante despejada, salvo por varios vehículos abandonados. El ruido de los motores había llamado la atención de los infectados que pululaban por las inmediaciones. Más de cien figuras tambaleantes se acercaban en abanico hacia su posición desde diferentes puntos de las pistas.
—Ahí viene la primera oleada. Todos listos –gritó el sargento, al tiempo que se abría la rampa trasera del helicóptero.
Los cinco soldados, equipados con HK G36 con silenciador, se colocaron en posición, apuntando al exterior. En cuanto las ruedas de la aeronave tocaron el frio hormigón, el destacamento militar al completo saltó a tierra. Todavía tenían una ventaja de unos doscientos metros con los infectados más cercanos.
—Contención de fuego por el momento. Todavía están muy lejos. Tiempo para contacto: noventa segundos. Avanzaremos hacía aquella puerta de allá –dijo el sargento señalando la terminal 1.
— Está bloqueada con una cadena y un candado. Charlie 3 se encarga de las cizallas. Foxtrot 5 cubre nuestro avance desde aquí. Ya.
Los cuatros soldados corrieron a velocidad de ciento metrista hacía la terminal y desbloquearon la puerta. El tiempo total que necesitaron para la operación fue de unos cuarenta segundos.
—Foxtrot 5, corra ya –dijo el sargento.
El quinto soldado abandonó su posición y corrió hacia el edificio, al igual que habían hecho sus compañeros. Setenta segundos después del aterrizaje el equipo al completo estaba dentro de la terminal con la puerta bloqueada de nuevo. Se alejaron de la entrada con rapidez. Cuando los infectados la alcanzaran ya no habría ser humano alguno al que ver o al que oler, haciendo que su ira asesina se diluyera poco a poco.
La escuadra avanzó a través de la terminal con cautela. Seguían el procedimiento estándar de las FOZ para avanzar a través de grandes edificios públicos: formación en flor. El contingente, fuera del tamaño que fuera, se organizaba en pequeñas escuadras de cuatro a seis personas y creaban una formación circular en la que todos los hombres se daban la espalda a sí mismos, haciendo que cada uno de ellos cubriera un ángulo de entre unos 60 a 90 grados, dependiendo de la cantidad de integrantes. Con esta técnica la escuadra cubría los 360 grados. Vistos desde una posición cenital la formación recordaba a una flor, en la que cada soldado era uno de los pétalos. Avanzaban en bloque y de forma sincronizada. La persona de mayor rango era la que iba en vanguardia y el mejor tirador a retaguarda. Para esta última posición se necesitaba al soldado más habilidoso, pues debía caminar hacia atrás durante todo el avance. El grupo debía dejar siempre un mínimo de dos metros con el obstáculo más cercano, eso garantizaba dos metros mínimos de distancia con el infectado en caso de aparecer, tiempo suficiente para abatirlo si tomar riesgos. En caso de encontrarse con algún cuello de botella, la formación se rompía y los soldados se desplegaban en avance urbano estándar, igual de seguro, pero mucho más lento.
La FOZ avanzó a paso ligero, sin romper la formación en ningún momento. La terminal estaba limpia, no hubo ninguna complicación. Tan solo tuvieron que modificar ligeramente su rumbo un par de veces para esquivar varias maletas abandonas sobre el suelo del edificio. Tras varios minutos alcanzaron los mostradores de facturación, justo frente a ellos estaban las puertas que daban a la calle, también bloqueadas. La escuadra se detuvo en la zona central, dejando la máxima distancia posible con las paredes y objetivos que podían albergar infectados.
—No hay signos de violencia. Mantened la formación hasta que Bravo 2 haga la comprobación de movimiento. Adelante.
Bravo 2 introdujo su mano izquierda en el bolsillo y sacó un objeto del tamaño de un pen drive. Tenía un botón. Lo presionó. Se escuchó un sonido agudo y fuerte, muy desagradable al oído humano. Esperaron quince segundos en silencio.
—Comprobación de movimiento negativa. Despejado –dijo Bravo 2.
—Recibido. Rompan formación. Charlie 3, cizallas. Foxtrot 5, cobertura. Ya –añadió el sargento.
Uno de los soldados corrió hacia la puerta y la desbloqueó con las cizallas. Cuatro de sus compañeros lo siguieron y salieron al exterior. Foxtrot 5 se quedó inmóvil empuñando su fusil.
—Despliegue sobre puerta –dijo el sargento.
Los cinco soldados que estaban en el exterior se desplegaron en semicírculo frente a la puerta, cubriendo todo el perímetro visual.
—Foxtrot 5, ya –nueva orden del sargento.
El último de los solados accedió al exterior.
El panorama había cambiado de forma notable. Del orden imperante dentro de la terminal, al caos más absoluto allí fuera. Frente a ellos estaba el infierno. Cientos de vehículos abandonados en todas las posiciones imaginables copaban cada centímetro de asfalto de la carretera que daba acceso a las instalaciones. Tan solo una señal azul doblada dejaba patente que allí había habido una parada de taxis.
—Contacto inminente. Contención –gritó el sargento.
Varios infectados surgieron de entro los coches abandonados, atraídos por el ruido provocado por los soldados e intentaron abalanzarse sobre ellos. No tuvieron ninguna posibilidad. Los seis hombres abrieron fuego a discreción y abatieron a aquellas cosas en menos de tres segundos. Doce infectados, tres de ellos vestidos con ropa de personal del aeropuerto, yacían inertes entre el amasijo de vehículos.
—Doce Zeros abatidos. Despejado –añadió Foxtrot 5.
—Bien. Nuestro objetivo está a poco más de un kilómetro dirección noroeste. Tendremos que cruzar una autovía y una zona urbana bastante grande. Está es un área con gran densidad de población, por lo que se espera actividad intensa de Zeros durante todo el recorrido. Avanzaremos en formación urbana estándar. Ojos abiertos y a trabajar. Recordad que estamos en una misión de alto riesgo, eso implica que no tomaremos fuerza de trabajo. Tratad a los vivos igual que a los muertos.
La FOZ comenzó a caminar a través de los vehículos. Su táctica era casi la misma que usan los ejércitos convencionales en combates urbanos. Avanzar por turnos, mientras el resto del equipo cubre el avance, pero con una excepción: los soldados no se cubren tras parapetos o barricadas improvisadas, sino que deben realizar la avanzadilla por la zona más abierta posible. La zona óptima para desarrollar la táctica es la zona central de amplias avenidas. La prioridad es evitar lugares donde pueda haber Zeros ocultos que puedan dar la sorpresa. Según el entrenamiento recibido por las unidades zeta en el programa pegasus, pueden contrarrestar de manera segura cualquier ataque de infectados, siempre y cuando este surja con al menos dos metros de distancia.
Los seis hombres avanzaron a ritmo constante y sin dudar. A medida que se iban internando en la zona residencial, la actividad de los Zeros fue en aumento. No tuvo consecuencias. Combatían de forma extraordinaria. No importaba si les rodeaban diez o cien infectados, ninguno lograba acercarse a menos de cinco metros de ellos antes de caer abatido. Parecía que aquel grupo de seis hombres podría haber acabado con todos los infectados que caminaban sobre la faz de la tierra si se lo hubieran propuesto.
Los minutos se fueron sucediendo a través de las calles apocalípticas de Madrid. A medio camino entre la terminal y su objetivo se pudo escuchar una voz humana, aunque sus palabras eran inteligibles.
—Atención. Vivo a punto de salir –dijo el sargento.
Y dicho y hecho. Un hombre de unos cuarenta años, desaliñado y con cara de pánico salió de uno de los edificios, que los zetas acababan de dejar atrás.
—Ayuda, ayuda –gritaba, mientras corría hacia los militares.
Su rostro estaba rancio, desencajado y su jadeo, intercalado entre los gritos desesperados de auxilio, sonaba dramático y truculento. Casi se podía oler la cantidad de pánico y dolor que el hombre había padecido en las últimas horas. Sin embargo, los zetas parecían no tener olfato alguno y, muchos menos, empatía por el prójimo.
—Bravo 2, tuyo –ordenó el sargento.
Disparo certero. El soldado le insertó una bala en la frente, haciendo que el hombre se precipitara sobre el suelo con violencia y dando así por finalizada su trepidante carrera.
—¡Papaa!¡ Papaa!… —un grito desgarrador pudo escucharse desde una de las ventanas del edificio de donde había salido el hombre. Dos de los Zetas dirigieron la mirada hacia allí. Era una niña, que asomada al exterior de lo que presumiblemente era su casa, gritaba de forma ahogada –papa—. No iba a recibir respuesta, al menos, de la persona a la que estaba llamando. Ante la ausencia del sonido del disparo, diluido por el silenciador del fusil, puede que la niña pensara que su progenitor se había tropezado sin más. Era cuestión de minutos que descubriera la cruda realidad. El resto de integrantes de la escuadra, que no habían alzado la vista a la ventana, seguía abatiendo zeros con maestría.
—Esa puta niña está montando demasiado escándalo. Bravo 2, adelante –dijo el sargento.
Sin compasión, sin clemencia, y sin ningún ápice de humanidad el soldado Bravo 2 accionó el gatillo de su HK G36, equipado con silenciador y, le descerrajó un disparo en la cabeza desde más treinta metros a aquella pobre criatura.
—Sigamos antes de que la cosa se ponga fea. Hemos hecho mucho ruido. Delta 4, aprovechamos para colocar señuelo. –ordenó el sargento.
La escuadra seguía conteniendo a los cada vez más numerosos zeros. Uno de los saldados sacó un utensilio cuadrado de su mochila, del tamaño de una pelota de tenis y lo colocó sobre el suelo.
—Listo –dijo Delta 4, una vez lo plantó en el suelo.
—A veinte metros por delante hay un cruce, abandonaremos esta calle y nos internaremos en la perpendicular, así eliminamos el contacto visual de los zeros de esta avenida. El señuelo hará el resto del trabajo –dijo el sargento, a la vez que comenzaba a correr hacia el cruce.
Los seis hombres avanzaron abatiendo zeros a través de la amplia avenida y torcieron a la izquierda en una de las calles adyacentes. La proporción de infectados allí era mucho menor.
—Activado –dijo Delta 4.
—Perfecto, sigamos –respondió el sargento.
El objeto que habían dejado en el suelo era un señuelo acústico. Un utensilio ampliamente utilizado por las fuerzas operativas zeta de todo el mundo. Se trataba de un altavoz unidireccional que, una vez activado, comenzaba a emitir un ruido estridente. La frecuencia del sonido había sido optimizada para ser la fuente de ruido que mejor atraía la atención de los infectados. Al tener un gran poder unidireccional, tan solo emitía el sonido en una determinada dirección. Debía colocarse en sentido opuesto al avance de una fuerza de infantería y, esta, en caso de encontrarse en una calle o avenida, debería de abandonarla en menos de treinta segundos. Los infectados que se encontraban en el campo de acción del señuelo acudían a su llamada como mosquitos a una bombilla de cien vatios. El objetivo no era limpiar una zona por completo ya que el altavoz solo emitía en una dirección, pero cortaba con gran eficacia las persecuciones por la espalda ya que se dejaba atrás durante un avance y, sobre todo, hacía descender el ratio de ZERO/ZETA durante un enfrentamiento. La corporación marcaba en un 200/1 el límite para combatir de forma segura. Por encima de esta cifra, las garantías de sobrevivir de un soldado de la corporación descendían de forma exponencial.
De todos modos, la escuadra utilizó el señuelo a modo de medida preventiva ya que el ratio ZERO/ZETA nunca había pasado de 50/1 en ningún momento, lo que les permitía combatir y avanzar con gran comodidad.
Unos diez minutos después, los seis hombres habían alcanzado ya la Alameda de Osuna.
—Estamos a cien metros de los búnkeres. Avanzad rápido a través de los árboles. Nos vemos en la puerta –ordenó el sargento.
Corrieron a toda velocidad. Casi no había infectados en el parque. La ausencia de sonidos en las zonas tranquilas, por contraposición del ruido extremo de la urbe, hacía que los sitios como aquellos estuvieran bastante despejados. Alcanzaron la puerta. Se pararon y establecieron formación de contención, al igual que habían hecho en la entrada de la terminal minutos atrás.
—Tango 1 debería de estar ahí dentro. No tiene formación militar, pero sabe de qué va todo esto, así que mucho ojo. Charlie 3, puerta –dijo el sargento.
Charlie 3 avanzó hacia el enorme portón de metal y comprobó si estaba cerrada.
—Sargento, ¡está abierta! –exclamó.
—No me gusta –respondió el sargento.
—Bien. No hay opción. Calen perforadoras y para dentro. Foxtrot 5, una vez el interior, bloquee la puerta –añadió.
Los soldados colocaron las perforados. Utensilio obligatorio en todos los combates zetas en interiores con espacio reducido. El aparato era una bayoneta adaptada a lucha contra los infectados. En vez de tener una hoja de cuchillo, era un pincho metálico de treinta centímetros, muy parecido a un cincel pequeño, pero con su punta afilada hasta el extremo. Estaba pensada y diseñada para dañar la cabeza de un infectado si este rebasaba los dos metros de seguridad. El objetivo era lanzar un potente ataque con el fusil, clavando la perforadora por encima de la frente del sujeto, con lo que se neutralizaría el área psicomotriz, inmovilizando al atacante en caso de no ser abatido definitivamente. El largo del fusil, unido a los centímetros de las perforadoras, garantizaba la eliminación del zero sin que este pudiera establecer contacto con el zeta, ni siquiera estirando sus brazos.
Foxtrot 5 cerró la puerta tras ellos. La escuadra se sumió en el silencio y la penumbra.
—Visión nocturna –dijo el sargento.
Los soldados activaron los visores y comenzaron a bajar las escaleras poco a poco. El silencio era sepulcral allí abajo. Los cinco hombres no emitían ningún sonido pese a avanzar con ritmo. Las suelas de las botas estaban fabricadas con una combinación de caucho y goma que amortiguaba el sonido de los pasos. También habían sido entrenados en buceo libre, obligándoles a batir una marca de tiempo especifica sin respirar. Esto les otorgaba unas enormes capacidades pulmonares, lo que, además de ser sinónimo de una buena forma física, les daba la capacidad de controlar el ritmo respiratorio para no hacer ruido al tomar profundas bocanadas de aire en situaciones comprometidas. Recorrieron el bunker con cautela, revisando pasillo por pasillo y estancia por estancia. Todo estaba despejado. Ni rastro de infectados o personas vivas. Tampoco había indicios de que allí dentro hubiera habido actividad alguna antes de su llegada. Todas las puertas estaban abiertas, salvo una. La escuadra formó delante de ella. Ni siquiera era una puerta metálica como el resto de las que había allí abajo, estaba hecha de madera. El sargento se giró hacia el resto de soldados y comenzó a gesticular con la mano izquierda. Estaba dando una orden. A los pocos segundos Foxtrot 5 avanzó hacia ella y agarró el pomo. Miró al sargento. Este asintió. Lo giró muy despacio y cuando llego al tope empujó puerta hacia dentro de la habitación con todas sus fuerzas. Sin que la hoja de madera hubiera todavía llegado al final de su recorrido, uno de los soldados gritó:
—¡Contacto!
Un grupo de infectados comenzó a salir en tropel, atraídos por la presencia de los soldados. La escuadra abrió fuego a discreción. Los zeros no tuvieron ninguna posibilidad. En unos veinte segundos todos los cuerpos yacían inertes sobre el frío suelo de hormigón.
—¿Es una emboscada? –dijo Bravo 2.
No. Imposible. No es una emboscada si el ratio no pasa de 200 a 1 y habremos abatido a unos veinte zeros, como mucho. –el sargento hizo una pausa—. Charlie 3 y Delta 4, revisad la estancia. Foxtrot 5, ojo con la retaguardia.
Los dos soldados accedieron al interior de la habitación. Era una estancia pequeña y diáfana. No había ningún objeto dentro. Aquellos infectados habían sido encerrados entre cuatro paredes de forma deliberada. El sargento seguía inmóvil en el umbral de la puerta, tratando de esclarecer que había pasado allí, cuando Charlie 3 dijo:
—Sargento, venga aquí. Tiene que ver esto.
El sargento accedió a la estancia con cara inexpresiva. En el suelo, con varias manchas de huellas de zapato, consecuencia de haber sido pisada, descansaba un trozo de papel manuscrito:


Transmitid este comunicado a la corporación Zoth y a todas las fuerzas operativas Zeta. Habéis intentado atraparme, pero habéis fracasado. La fuerza operativa que habéis enviado a buscarme está perdida. Están atrapados en un bunker con una sola salida, donde ahora mismo les espera una horda de infectados. Según mis cálculos, tendrán que salir por un cuello de botella donde les esperan unos 5000 infectados. Eso es un ratio de 1000 a 1.

martes, 27 de junio de 2017

Exitium II, Parte 2



27 de octubre.
Inmediaciones del Hospital Carlos III, Madrid, España.
3 días después del paciente 0.

Diversas fuentes del gobierno afirman que ya hay varios casos confirmados del nuevo virus dentro de nuestras fronteras. Aun así, las autoridades sanitarias de la Comunidad de Madrid aseguran que la población no tiene nada que temer –Tenemos una de los mejores sistemas sanitarios del mundo y estamos preparados para combatir amenazas como estas—. Afirmaba la máxima responsable de sanidad de la región esta mañana. –Las instalaciones del Hospital Carlos III están dotadas con los mayores avances a nivel mundial en esta materia. De hecho, varios pacientes se encuentran ahora mismo aislados en las habitaciones de presión negativa—. Añadía luego de que un periodista le preguntara por el estado de los hospitales tras los recientes recortes económicos.
Sin embargo, no ha querido hacer declaraciones sobre el cometido de los aproximadamente mil militares que rodean a estas horas el hospital. Según vagas especulaciones, cuyas fuentes no han podido ser verificadas, se trataría de un protocolo de carácter preventivo. La policía local de Madrid desaconseja circular en coche por las inmediaciones, a no ser que sea estrictamente necesario. A raíz de estas directrices, el tráfico en la M-30 está siendo muy complicado en estos momentos. Si usted tod…
Simón apagó la radio de su coche.
—Vaya lunes –se dijo para sí mismo.
Su coche, un Peugeot 406 de color azul marino, avanzaba a paso de tortuga. Había abandonado el infierno de la M-30 unos veinte minutos atrás, pero, como mucho, habría recorrido unos quinientos metros desde ese momento. Aunque ahogado por el ruido de los motores de los coches que lo rodeaban, logró apreciar el sonido de una sirena. Cuando quiso afinar el oído para captarlo con mayor nitidez recibió el estímulo visual. Algo parecido a unas luces de colores podían verse unos diez vehículos por delante de él. Poco a poco recorrió los metros que lo separaban de aquello, hasta plantarse justo delante. Era un control policial. Había cuatro furgones de la policía nacional bloqueando la plataforma. A pie de carretera, unos quince agentes equipados con fusiles de asalto paraban a todos los vehículos que se aproximaban. De hecho, habían obligado a todos los coches que iban delante de él a darse media vuelta y volver por donde habían venido. Turno de Simón.
—Buenos días –dijo uno de los policías justo cuando Simón detuvo su coche.
—Buenos días –contestó con timidez.
—¿A dónde va? –preguntó el agente.
—Al Hospital Carlos III –respondió Simón.
—¿A qué? –añadió con autoridad el policía.
—A trabajar –respondió Simón sin saber muy bien a que venía todo aquello.
—¿De qué trabaja?
—Soy médico. Mi turno en urgencias comienza ahora. De hecho, ya voy tarde por culpa de este atasco.
—Muy bien. Le dejaremos pasar, pero tengo que darle varias instrucciones.
—Adelante.
—Las instalaciones del Hospital han sido militarizadas y tenemos orden de no dejar pasar ningún vehículo más allá de este punto, salvo trabajadores del hospital. Una vez entre ahí estará bajo jurisdicción militar. Haga todo lo que le digan los soldados.
—¿Cómo dice? ¿Qué está pasando ahí adentro? –preguntó Simón confundido.
—No tengo mucha información al respecto. Sé que es algo relacionado con ese virus, pero no le puedo decir mucho más.
—Pero, ¿ya hay muchos casos? –Simón insistió.
—Lo siento, pero no lo sé. Por favor, continúe, no puede permanecer aquí más tiempo.
Simón dudo un par de segundos, hasta que por fin logró engranar primer y arrancar. Una vez cruzo el control, la situación cambió por completo. De la aglomeración masiva de vehículos, a circular por calles desérticas en un abrir y cerrar de ojos. Ni coches ni peatones. La soledad más absoluta. A medida que fue consumiendo los metros que lo separaban del hospital la presencia militar se hizo evidente. Primero un par de soldados en una esquina, luego un vehículo militar en dirección contraria. Incluso escuchó el rotor de un helicóptero, pero, aunque miró al cielo a través del parabrisas, no logró verlo.
Por fin vio la silueta del edificio en frente a él, pero había algo más. A pie de carretera parecía haber otro control, está vez eran militares del ejército español.
—Buenos días —dijo el soldado justo después de que Simón bajara la ventanilla.
—Buenos días, ¿qué está pasando?
—Es usted personal del hospital, ¿verdad?
—Sí, soy médico. ¿Cómo lo sabe?
—El hospital está en cuarentena. Ya no se admiten más enfermos. Hemos evacuado la zona en un radio de quinientos metros e instalado un anillo de protección policial. Si ha pasado el control de dicho anillo es que es personal del hospital. No se permite la entrada a nadie más. Le necesitamos inmediatamente.
—Un momento. ¿Cuarentena? ¿Qué cojones significa eso?
—Significa que estamos desbordados por los casos de personas infectadas con el nuevo virus y no podemos acoger a más. No podríamos ayudarles, aunque quisiéramos. El mando del hospital lo ostenta ahora la autoridad militar, así que debe cumplir las órdenes que le vamos a dar al pie de la letra.
—¿Está seguro de lo que dice? En el mundo occidental no se ha puesto ningún hospital en cuarentena desde antes de la segunda guerra mundial. ¿Cuándo ha llegado el primer infectado? ¿Está noche? ¿Ayer? Es imposible lo que dice.
—Me temo que no. La situación es mucho más grave de lo que usted piensa. Mire, ¿ve aquella zona de allí? —el soldado señaló un punto al lado del hospital.
—Sí, se ven como unas carpas blancas.
—Exacto. Hemos instalado un hospital de campaña. Ahí es a dónde están llevando a los infectados menos graves. Todavía están conscientes. Diríjase allí. Le darán un traje anticontaminación y le pondrán una escolta militar.
La cara de Simón estaba desencajada. Entre tartamudeos, dijo:
—¿Cómo dice? ¿Una escolta militar? ¿Para qué?
—Prosiga ya. Cada segunda cuenta.
El militar se alejó del vehículo, dejando a Simón con la palabra en la boca, que, desconcertado, continuó avanzando. Su cara de pavor iba en crescendo. Cuando llegó al hospital de campaña ya no podía articular palabra alguna. Su mente solo decía —Tenías que haber dado media vuelta en aquel puto control—. La visión era dantesca. Cientos y cientos de camas hacinadas con personas enfermas, mientras eran atendidas por supuesto personal sanitario, disfrazado con trajes anticontaminación, algunos de ellos ensangrentados. Un soldado le salió al paso.
—Señor, necesitamos su ayuda.
Simón no contestó. Seguía ojiplático, observando con la boca abierta aquel panorama desolador.
—Además de todos los síntomas, que seguro ha escuchado por la radio y la televisión, hemos separado a los enfermos en dos grupos, los que están en la primera fase y todavía conscientes y los que entran en la segunda fase. Todos los que ve ahí están todavía despiertos. Su trabajo será sencillo. ¿Ve aquella carpa de allí? —dijo el soldado, señalando el lugar con un dedo.
Simón se había convertido en una estatua.
—¡Doctor!¡Doctor! Escuche mis palabras por favor.
—Sí… sí… la veo —Simón logró contestar entre tartamudeos.
—Bien. Como le decía su trabajo será muy sencillo. En aquella carpa le dispensaran su traje anticontaminación y goteros con una combinación de fármacos, solo tendrá que administrárselo a los pacientes por vía intravenosa. Yo le protegeré y le ayudare en todo momento.
—¿Protegerme de qué? —preguntó Simón en medio del desconcierto.
—No hay tiempo para preguntas. Pongámonos a ello —el solado zanjó la conversación y empezó a caminar hacia la carpa. Simón lo imitó, pero, aunque sus pies siguieron al soldado, su mirada no lo hizo. Sus ojos se movían de forma frenética a través de aquel infierno terrenal de forma inevitable.
Simón, temblando como si sus brazos fueran de gelatina, se puso el traje y entre los dos cargaron todos los goteros que pudieron para atender una zona concreta de unas veinte camas. Aquellas personas estaban conscientes, pero su aspecto era horrible. La mayoría de ellas estaban empapadas en sudor, a pesar de que no hacía calor. Su piel estaba blanca como la nieve y en algunos casos había comenzado a surgir un extraño surco oscuro alrededor de los ojos, algo así como una ojera gigante. El comportamiento no tenía un patrón concreto. En más o menos la mitad de los casos los movimientos eran casi inexistentes. Aquellas personas estaban allí, respiraban y se movían, sí, pero sus almas estaban ausentes. Esos pobres hombres y mujeres parecían haber abandonado al cuerpo y encontrarse en un estado preinsconciente. Quizás el sufrimiento era tan grande que no les permitía manifestarse, pero desde el punto de vista de Simón, aquella gente parecía estar sumida en una agradable paz. El caso opuesto era la otra mitad. Soltaban alaridos desgarradores de dolor, a la vez que se retorcían con movimientos espasmódicos sobre sus camillas. Varios de ellos estaban bañados en sudor y sangre. Simón, con el militar haciendo de enfermero, había acatado las ordenes y administraba los goteros a la máxima velocidad posible, pero su mente aún no había asimilado la situación.
—¿Cómo se llama? —preguntó Simón en medio de la faena.
—Soy el cabo Rafael Sampedro, ejército de tierra —contestó el soldado, sin dejar de hacer su trabajo.
—Rafael, hay algo aquí que no me encaja. Estamos tratando a toda esta gente porque ha contraído un virus, pero la gran mayoría de ellos tiene heridas sangrantes sobre su cuerpo.
—Quizá sea parte de la infección, algo así como las pústulas de la viruela. No sé.
Simón paró de trabajar de golpe, y señaló al hombre que agonizaba de dolor sobre una camilla ensangrentada.
—Por el amor de dios, a ese hombre le falta media pierna. Ese traumatismo ha sido causado por un agente externo.
El soldado miró a aquel pobre infeliz durante unos segundos y su rostro reflejó algo desconcertante, como si hubiera tenido una relevación. El comentario de Simón lo había iluminado.
—Tienes razón. No sé, quizás han sufrido algún tipo de accidente después de contagiarse —respondió justo antes de volver al trabajo.
Simón también prosiguió con la faena, aunque su curiosidad no había cesado.
—Mira. Parece que esta mujer se ha desmayado. Ha perdido la consciencia —dijo Simón, moviéndole la cara para intentar que despertara de nuevo.
El cabo Sampedro no perdió ni un segundo al ver aquello. Cogió su radio en la mano y dijo:
—El paciente de la camilla número 132 ha entrado en fase dos. Repito. El paciente de la camilla número 132 ha entrado en la fase dos.
En cuestión de veinte segundos, dos soldados, equipados también con trajes de protección, aparecieron de entre el resto de camillas y cargaron al paciente a hombros. Simón miraba perplejo la operación, que todavía no había concluido. Instantes después de que aquella señora fuera retirada, otras dos personas, esta vez presunto personal del hospital, trajeron a un nuevo paciente que estaba consciente. Sin ni siquiera cambiar, limpiar o adecentar la camilla manchada de sangre y sudor, pusieron al nuevo infectado sobre ella, para acto seguido, irse por donde habían venido.
—¿Qué está pasando? ¿A dónde cojones se llevan a esa señora? ¿Qué hacen con las personas que caen inconscientes? —Simón había permanecido cayado durante todo el proceso de substitución, pero al final había explotado. Su tono había pasado del desconcierto a la furia.
Rafael resopló y justo cuando iba a contestar, algo se lo impidió. Una especie de explosión hizo que los dos miraran hacía el lugar de donde procedía el sonido.
—¿Qué ha sido eso? —preguntó de nuevo Simón.
El sonido se repitió tres veces más.
—¿Disparos? —Simón volvió a preguntar, mirando directamente hacia el cabo Sampedro.
Rafael no contestó, se limitó a asentir con timidez, mientras su rostro se quedaba vacío, muerto.
—¿De dónde cojones vienen? —Simón insistió ante la pasividad del soldado.
—Del…del pabell… del pabellón A —ahora el que tartamudeaba era Rafael.
—¿Qué hay allí?
—Los infectados en fase dos. Los que ya están inconscientes.
Una nueva ráfaga de disparos, esta vez de fusil de asalto, hizo que todo el personal sanitario que atendía a los pacientes del hospital de campaña se abstrajese de su tarea y mirara perplejo hacía la zona del hospital donde estaba el pabellón A.
Desde su posición podía verse una puerta de cristal opaco. Era el único acceso al lugar donde estaban los infectados más graves. Tras unos diez segundos de inquietante silencio, el personal que trabajaba en el exterior y, que seguía inmóvil mirando la puerta, se relajó ligeramente. No duró mucho. Los disparos se volvieron a escuchar, pero esta vez parecía haber muchas más armas en acción. La intensidad era tal que incluso logró arrancar un suspiro al unísono a todo el personal sanitario del hospital exterior. Algo así como un –Aaaahh— entre miedo y sorpresa. El estruendo causado por las armas de fuego fue yendo a más progresivamente y, cuando parecía haber alcanzo el punto álgido, ocurrió algo. Las puertas opacas del pabellón A se abrieron de golpe. La potencia con la que habían sido proyectadas fue tan fuerte que se estrellaron contra la pared, haciendo que uno de los cristales estallara en pedazos. De dentro salieron dos soldados equipados con uniforme militar, corriendo despavoridos, sin rumbo fijo. Sus rostros estaban rancios, desiertos y sus miradas rotas. Nadie sabía lo que habían visto allí dentro, pero por sus caras parecía que habían mirado a los ojos al mismo diablo. El personal que trabajaba en el exterior no reaccionó más allá de dar un par de pasos tímidos atrás. En cierto modo, tampoco tenían motivos para emular su comportamiento y unirse a su vertiginosa huida. Aún. Porque fue ahí cuando se desató el infierno. Tras aquellos dos infelices, comenzaron a surgir del interior del edificio figuras tambaleantes. Personas que se movían de forma descoordinada y torpe. En un primer momento parecían perseguir a los dos militares en huida, pero pronto cambiaron de objetivo. En cuanto salieron al exterior y observaron el panorama se abrieron en abanico, en curso directo hacia las camillas de pacientes.
El Cabo Sampedro, que parecía tener una noción básica de que iba todo aquello, agarró a Simón por el brazo derecho y tiró de él en dirección opuesta a aquellas personas.
—Tenemos que irnos. Vayámonos de aquí de una puta vez –logró decir en el momento que lo agarró.
Comenzaron a correr como alma que lleva el diablo. El resto de personal hizo lo mismo. Durante la frenética huida, Simón, que aún no sabía muy bien de que iba todo aquello, intercalaba la mirada al frente con la vista a retaguardia, tratando de dilucidar quiénes eran aquellas personas. No pudo esclarecerlo, pero en su cuarto giro de cabeza hacia atrás se dio cuenta de que el azar les había regalado una barrera protectora. Las siluetas de lo que parecían personas heridas se frenaron en seco en la zona de las camillas. De forma aleatoria, se repartieron entre los diferentes pacientes que aún estaban conscientes. Los atacaron. Pero no como lo haría una persona normal. No usaron puños, patadas, navajas o pistolas. No. Los atacaron como si fueran animales salvajes. Como cuando un león caza en medio de la sabana, con las garras y las fauces. Ninguno de los pacientes estaba en disposición de defenderse, pero aun en condiciones óptimas, no hubieran tenido ninguna posibilidad. Los atacaron de forma implacable, con fiereza, saña y alevosía, como ninguno de los presentas había visto antes. La refriega alcanzó su punto culmen en la quinta mirada atrás de Simón. Aquellas bestias subían y bajaban sus cabezas sobre las víctimas, con una cadencia propia de un martillo neumático. Recibían dentelladas sin control, entre gritos ahogados de dolor. El sonido de los alaridos de los pacientes que estaban siendo atacados se mezcló con los gruñidos diabólicos, emitido por las siluetas, dando lugar a un coro satánico que había tomado el testigo al ruido de disparos, ahora extinto. Simón no quiso mirar atrás más y su cerebro decidió que era hora de introducir un buen chorro de adrenalina en el torrente de sanguíneo, para hacer que sus piernas tuvieran un par de kilómetros por hora extras.
Sampedro seguía corriendo a su lado y su radio sonaba de forma continua:
—La seguridad en el pabellón A se ha visto comprometida.
—¿Alguien sabe lo que está pasando? Vemos pacientes caminando por las inmediaciones del Hospital, cambio.
—Ayuda, necesitamos apoyo en la zona sur. Hay un tipo enloquecido atacando a otras personas.
Comenzó a sonar un aparato de megafonía instalado en algún lugar. A juzgar por el sonido, el emisor se movía, como si se tratara de un vehículo.
—La seguridad del Hospital se ha visto comprometida. Orden de retirada al segundo anillo de seguridad. REPITO: orden de retirada al segundo anillo de seguridad.
—Tenemos que subirnos a alguno de los vehículos militares para que nos saquen de aquí –dijo el cabo
Simón no contestó. Siguió corriendo a toda velocidad tras Sampedro. En cuestión de un par de minutos dejaron atrás el Hospital y alcanzaron una amplía avenida. Estaba desértica, seguían dentro del anillo de seguridad. Se detuvieron. El cabo intentó hablar por radio, pero no lo consiguió, estaba colapsada de solicitudes de ayuda y de voces pidiendo explicaciones. Escucharon un sonido a sus espaldas. Se giraron. Era un hombre de mediana edad y caminaba hacia ellos a través de la carretera. Su piel era de color blanco nuclear. Su camiseta estaba hecha girones, dejando entrever su torso desnudo con pequeñas heridas superficiales. Las texturas de los pantalones simplemente no se podían distinguir, porque estaban empapados en sangre. Su mirada. Lo peor era su mirada. No tenía pupilas, o iris. Sus ojos se habían convertido en una masa uniforme de color rojo.
—¿Quién es usted?¡Deténgase! –exclamó Sampedro, al tiempo que empuñaba su fusil de asalto.
El hombre aumentó el paso y emitió unos extraños sonidos guturales.
—¿No me ha oído?¡Deténgase ahora mismo! –El cabo había empuñado su fusil, pero no había encañonado a aquel sujeto todavía.
El hombre seguía su avance inexorable hacía ellos. De pronto, a sus espaldas, pudo escucharse el sonido de un motor en la distancia, que poco a poco fue aumentando en intensidad. Sin que, ni el cabo ni Simón miraran atrás todavía, un URO del ejército español los rebasó por la derecha y, con un hábil volantazo, el conductor puso el frontal del vehículo en trayectoria de impacto directa con aquel individuo. El trallazo fue monumental. Más que un atropello sonó como una explosión. El cuerpo de aquel pobre infeliz salió proyectado por los aires unos veinticinco metros, para luego arrastrase por el asfalto otro tanto. El vehículo se detuvo de un frenazo y uno de los militares, que viajaba en el interior, abrió la puerta trasera y sacó medio cuerpo fuera. Los miró y dijo:
—Rápido, adentro.
Simón y Sampedro se recuperaron de la parálisis temporal y corrieron al interior del vehículo, que arrancó de nuevo. Desde la ventanilla pudieron apreciar como aquel hombre, después de haber sido embestido a unos cincuenta kilómetros por hora, comenzaba a levantarse del suelo otra vez. Tras varios segundos de silencio el cabo logró decir unas palabras:
—Gracias por sacarnos de aquí, ¿Quiénes son ustedes?
El soldado que iba en el asiento del copiloto se giró hacia atrás con una sonrisa y contestó:

—Bienvenidos a bordo. Ejército de tierra. División Castillejos. Estoy al mando de esta unidad. Soy el Sargento Torres.

viernes, 23 de junio de 2017

Exitium II, Parte I



04 de octubre.
Butare, Ruanda.
20 días antes del paciente 0.

La alarma de su teléfono lo despertó. Abrió los ojos y miró el techo. Poco a poco su mente lo ubicó en el tiempo y en el espacio. Estiró su mano derecha y cogió el móvil, que descansaba sobre la mesita de noche. En el centro de la pantalla un recordatorio que decía:

Ha llegado.

Se estremeció al leerlo. Ya no había vuelta atrás. Se levantó de la cama del viejo hotel y se asomó con timidez a la ventana. Los primeros rayos de sol rayaban en el horizonte y las calles de la pequeña ciudad centro africana comenzaban a coparse de transeúntes, coches y motos. En menos de una hora el bullicio diurno habitual de la urbe alcanzaría su esplendor. Miró su reloj de pulsera y se percató de que le temblaba la mano izquierda. Agarró el teléfono de nuevo y llamó.
—Buenos días –se escuchó desde el otro lado.
—Hoy tengo que ir a la oficina un poco antes de lo normal, ¿puede venir a recogerme al hotel ahora? –la voz del hombre desprendía nerviosismo.
—Por supuesto señor Hughes. Estaré ahí en diez minutos.
—Gracias.
En siete minutos el señor Hughes se aseó, se vistió y se plantó en la puerta del hotel. Allí lo esperaba puntual un todoterreno de color gris con un hombre negro al volante. A decir verdad, Hughes debía de ser el único blanco en kilómetros a la redonda. Se subió en el asiento trasero.
—Buenos días señor Hughes, ¿mucho trabajo en la oficina? –dijo el conductor, mientras arrancaba el vehículo.
—Eh… no, no –respondió el hombre, mirando el móvil.
—Vaya. ¿Va todo bien? Lo veo un poco nervioso –dijo el conductor, buscando la cara del pasajero a través del espejo retrovisor.
—Sí, solo que hoy es mi último día en Ruanda y quiero dejar todo listo antes de regresar a Europa –Hughes trató de poner un tono de voz agradable.
—Vaya, señor. No sabía nada. ¿Fin del proyecto? –El conductor seguía preguntando.
—Mucho me temo Paul que tengo que responderle lo mismo de siempre. Si se lo cuento tendría que matarle –el tono era forzado, pero denotaba humor.
El conductor dejó escapar una carcajada.
—Cierto. No lo haré más preguntas –respondió Paul entre sonrisas.
El 4x4 siguió avanzando hábilmente por las calles de Butare, hasta que poco a poco fue dejando la ciudad atrás. Tras varios kilómetros circulando por una carretera mal asfaltada a través de la sabana, el vehículo alcanzó el destino final. Hughes de apeó apresurado del coche, casi sin despedirse de quien había sido su conductor personal durante meses. Miró con recelo hacía la entrada de las instalaciones. —Base militar de Butare. OTAN— podía leerse en un cartel. Caminó hacía la garita de vigilancia. Un soldado blanco le salió al paso.
—Buenos días. Déjeme su documentación –dijo el guarda.
—Vaya. Eres muy profesional. ¿Qué es? ¿La vez número mil que coincidimos en la entrada? –dijo Hughes.
Quería que su prosa pareciera distendida y su tono divertido y agradable, pero había algo que olía a gato encerrado. Se notaba que intentaba sobreactuar los gestos. Sus formas denotaban interés por su parte en que todo pareciera lo más normal posible. De todos modos, sus palabras habían logrado desarmar al soldado, que había desinflado su pecho y dejado escapar una sonrisa.
—Vale Sebas. Tienes razón –acentuó su sonrisa—. Yo te dejaría entrar sin más, pero ya sabes que después el jefe me cruje –dijo el soldado con tono jocoso.
Sebastián Hughes estiró su brazo derecho, enseñándole la mano al militar. Este le pasó un dispositivo electrónico por encima de la muñeca. Al momento se escuchó un sonido agudo y un led del aparato mostró una luz verde.
—Adelante –dijo el soldado.
Hughes no contestó y siguió adelante. En el momento que rebasó el campo de visión del soldado, su rostro se metamorfoseó. La sonrisa forzada dio paso a una mueca de temor. Caminó por la zona exterior, dejando a la izquierda los barracones de tropas y varios vehículos blindados. Se cruzó con varias personas en su camino, todas ellas vestidas con uniforme militar, pero rehusó mirarles a los ojos. Fingía toquetear el teléfono móvil para evitar así el contacto visual.
Habían pasado cinco minutos desde que pasó el primer control, cuando alcanzó una gran puerta metálica que parecía el acceso a unas instalaciones subterráneas. Sobre el portón colgaba un cartel en colores amarillo y negro, con la siguiente inscripción:

AREA 12. ZONA RESTRINGIDA PARA PERSONAL NO AUTORIZADO.

Se acercó al portón y estiró el brazo al igual que había hecho en el primer control. La puerta se abrió de forma automática. Justo detrás de ella dos solados equipados con fusiles de asalto cortaban el paso. Uno de ellos descolgó un interfono de su cinturón y lo acercó a su cara.
—Sebastián Hughes. Investigación bacteriológica –dijo de forma automática.
—Confirmado. Adelante –se escuchó del otro lado.
El soldado asintió y se hizo a un lado, permitiendo que Hughes pudiera proseguir su camino hacia uno de los ascensores, situado justo detrás de los militares. Pulsó uno de los botones y apoyó su espalda en una de las paredes del elevador, mientras observaba como el panel de leds indicaba en que piso se encontraba.
—1… —2… —3… —4… —5…
El ascensor se detuvo en la planta menos cinco y Sebastián se apeó. Ante él se extendía un largo pasillo de un blanco impoluto. Recordaba a un corredor hospitalario, pero con cierto toque futurista. De lo que no había dudas es de que se había invertido mucho dinero allí abajo. Comenzó a caminar a través de él. Las puertas, opacas se sucedían a ambos lados. Nadie más recorría el pasillo, el lugar parecía estar desierto. Hughes se paró delante de una de las puertas. La miró.

Laboratorio A

Repitió el gesto que había hecho minutos atrás y acercó la mano derecha a la puerta. Se abrió de forma automática. Hughes accedió a una estancia muy pequeña donde un militar armado toqueteaba un ordenador, tras él una nueva puerta igual a la anterior. Se trataba de una especie de sala de seguridad previa al laboratorio.
¿Qué tal doctor Hughes? Ya solo falta el doble factor de autenticación. Cuando quiera –dijo el soldado sin levantar la mirada del ordenador.
Sebastián se acercó a un dispositivo de reconocimiento ocular, anclado en la pared derecha. Tras un par de segundos se escuchó un ruido agudo.
—Identificación positiva. Puede pasar –añadió el militar, esta vez mirándole a los ojos.
Sebastián asintió con la cabeza y se dirigió a la puerta final.
—Disculpe doctor. ¿Es cierto que hoy es su último día en la oficina? –preguntó el soldado con tono amigable.
—Así es. Viajaré a España para reunirme con mi madre –contestó Hughes sin detenerse.
—Lo que no entiendo es que hace usted aquí todavía. Las instalaciones se quedaron con la mitad de personal en el mes de junio y hace diez días se fueron otros tantos. Es el jefe de una de las partes más importantes del proyecto. ¿Cómo no fue evacuado a principios de verano con el resto de admitidos de nivel uno o, por lo menos, hace diez días con los de nivel dos? –preguntó el militar.
Sebastián se detuvo y contestó:
—Eh… pues… tengo que atar los últimos cabos aquí, pero, al igual que tú, ya tengo el billete listo para Estados Unidos, así que no hay porque preocuparse.
—Por supuesto señor. La corporación nos ha otorgado la solución que necesitábamos para que el ser humano no acabará con el planeta tierra. Al contrario de preocupado, mi estado es entusiasmado –añadió el soldado de forma tajante.
—Exacto. Todo se lo debemos a la corporación –Hughes trató de poner un tono convincente, pero sus palabras sonaron mucho menos entusiastas que las del militar.
—Nos vemos a la salida –añadió el soldado, a la vez que Hughes cruzaba la última puerta.
El laboratorio era enorme. Medía alrededor de unos quinientos metros cuadrados. Estaba iluminado por largas tiras de led que recorrían el techo y el suelo era de color blanco. Estaba limpio, tanto que parecía que le hubieran pasado una fregona segundos antes de que Sebastián entrara. Sobre el descansaban decenas de enormes mesas, copadas hasta los topes de instrumentos químicos y mecánicos de última generación. A decir verdad, más que un laboratorio de principios de siglo XXI, aquello parecía una nave espacial del futuro. La cantidad de objetivos y mesas chocaba directamente con la de personal. Tan solo tres personas vestidas con uniforme blanco, un hombre y dos mujeres, pululaban por la sala.
—Buenos días jefe. ¿Qué hace hoy aquí? Ya habíamos dejado todo atado ayer, pensé que no nos veríamos hasta dentro de… bueno ya sabe cuándo –dijo una de las mujeres al reparar en la presencia de Hughes.
—Hola, eh si… si… Tenía que solucionar un tema en el Laboratorio B y recordé algo que se me había olvidado hacer en mi ordenador. Sigan a lo suyo, no se preocupen por mí, como si no estuviera aquí –dijo Sebastián, mientras se sentaba en su pc.
—El laboratorio B… Se dice por los pasillos que solo usted y el equipo de trabajo de dicho lugar sabe que proyecto se realiza allí. Di por hecho que ya no quedaba nadie en ese lugar. Bueno, ya sé que no me puede contestar, no le molesto más.
Hughes no contestó. Comenzó a trabajar en el ordenador. Abrió varias carpetas que contenían archivos, hasta llegar a una que ponía: proyecto laboratorio B. La borró. Alzó la mirada de nuevo por encima del monitor. Las tres personas seguían a lo suyo. Sebastián abrió la caja de su ordenador y con cuidado extrajo el disco duro, guardándolo en uno de sus bolsillos. Cuando concluyó la operación fingió seguir toqueteando cosas en su pc, aunque su equipo permanecía ahora apagado. Tras diez minutos se levantó de su asiento y se dirigió de nuevo a la puerta.
—Hasta que nos veamos –dijo sin mirar atrás y con frialdad.
—Adiós –se escuchó.
El doctor accedió de nuevo a la estancia de seguridad donde estaba aquel militar y repitió justo la misma frase que había dicho un par de segundos atrás.
—Hasta que nos veamos.
—Hasta luego doctor –respondió el soldado.
Hughes accedió al pasillo de nuevo. Seguía desértico. Caminó unos cuantos metros hasta pararse delante de otra puerta:

Laboratorio B

Misma operación que antes. Acercó la mano y la puerta se abrió. Al otro lado la misma escena. Un soldado mirando un ordenador, aunque esta vez muchos menos hablador. Sebastián hizo el reconocimiento ocular y accedió al interior del laboratorio. Eran instalaciones gemelas. Parecía haber entrado en la misma sala, salvo por una excepción. En vez de tres, está vez eran unas veinte personas vestidas con uniforme blanco las que pululaban por allí dentro.
—Buenos días Doctor Hughes –dijo uno de los hombres.
—Buenos días –contestó.
Nadie más habló. En aquella sala todo el mundo parecía no estar mirando hacía nadie. Cada uno a lo suyo. Sebastián se sentó en una mesa con un pc encima, la misma que en el laboratorio A. Sacó su teléfono del bolsillo, lo puso encima de la mesa y se quedó mirándolo fijamente. Tras unos segundos comenzó a vibrar. Alguien le estaba llamando con número desconocido. Descolgó.
—Aquí Hughes.
—Hola. Soy yo.
—¿Lo has conseguido?
Nadie contestó.
—Respóndeme, ¿lo has conseguido?
—Verá doctor, lo he intentado por todos los medios. He hablado con gente de arriba. También lo he hecho con el jefe de personal de las instalaciones.
—Solo dime, ¿lo has conseguido?
—No.
—No me lo puedo creer. No puede ser cierto.
—Lo es Doctor. La corporación fue muy estricta con estos temas desde el principio. Si no hay parentesco legal directo, no se puede hacer nada.
—Pero por el amor de dios. Es mi madre, tiene ochenta años. Soy el director de desarrollo. Necesito un permiso de admitido de nivel tres para ella.
—Lo sé, pero no hay ningún parentesco legal. Esa señora lo cuidó, pero legalmente no es su madre. Nunca ha tenido la patria potestad y, obviamente, tampoco hay pruebas genéticas. Usted siempre estuvo registrado en aquel orfanato.
—Pero, ¿se lo has explicado?
—Claro doctor, pero eso no es suficiente. Ya sabe como es la corporación con la burocracia.
—La corporación no ha cometido ningún error aún y creo que este será el primero.
—Lo siento de veras. Intente llevarlo lo mejor posible y piense que la solución ya casi ha llegado. Eso debería de estar por encima de cualquiera de nuestros sentimientos.
Hughes no contestó.
—¿Hola? –repitió la persona que estaba al otro lado
—Eh… sí… sí… tienes razón. Muchas gracias por tu ayuda de todos modos.
Colgó. Volvió a poner el teléfono encima de la mesa. No pudo evitar que una lagrima le recorriera la mejilla. Bajó su cabeza y se ocultó detrás del monitor, para evitar que aquellas personas le vieran llorar. Afligido, sacó de su bolsillo una pequeña llave que usó en uno de los cajones de su mesa. Dentro solo había un objeto, una caja de cartón de color rojo con el signo de riesgo biológico encima. La abrió. En su interior se encontraban tres capsulas idénticas, no había ninguna diferencia entre ellas y cualquier pastilla de consumo diario, como antibióticos o analgésicos. Se metió dos en el bolsillo y se quedó la tercera en la mano. Alzó la cabeza por encima de la pantalla. Cada uno seguía a lo suyo, ensimismados en sus tareas. Se levantó de su asiento y caminó hacia uno de los laterales de la sala hasta alcanzar su objetivo. Una fuente de agua para personal con un pequeño depósito encima de cinco litros. Lo agujereó ligeramente con un bolígrafo. Abrió la capsula y volcó el contenido dentro de la garrafa. Había parado de llorar, pero su rostro seguía bañado en lágrimas. Se giró nervioso. Nadie había reparado en él. Desanduvo sus pasos hasta regresar a la altura de su mesa. Detrás de ella estaba su armario personal. Lo abrió con un código de cuatro dígitos. Dentro había diferentes enseres personales. No rebuscó, fue a tiro fijo. Recogió un maletín negro que había en el suelo del armario. Se sentó de nuevo en su silla, dejando la misteriosa maleta sobre el suelo, muy cerca de él. Fingió trabajar con el ordenador de nuevo, pero su mente estaba anclada en la fuente de agua. Tuvo que esperar veintitrés minutos, que se hicieron eternos, para que a uno de los trabajadores le entrara sed. El científico, vestido con aquel uniforme blanco, se plantó delante de la fuente de agua y dejo caer dos vasos de agua enteros a través de su gaznate. Hughes había logrado contener sus lágrimas, pero su rostro denotaba pavor, culpa, desesperación. En cuanto aquel hombre apoyó el vaso de cartón sobre la mesa dando por finiquitado su visita a la fuente, Sebastián se levantó de su silla, agarró el maletín y abandonó el laboratorio sin decir ni una sola palabra.
—Adiós –eso fue todo lo que logró decirle al guarda en la sala de seguridad, tratando en todo momento de ocultar su rostro angustiado.
—Adiós –recibió como respuesta.
Recorrió el pasillo de nuevo en dirección opuesta y entró en el ascensor. Aprovechó los poco más de treinta segundos que tardó el elevador en subir los cincos pisos para mirar el maletín con angustia, a la vez que apretaba el mango con fuerza. Rebasó el control de seguridad con un nuevo –Adiós— austero y salió al exterior. El panorama era el mismo que cuando paso por allí una hora atrás, muy poca gente y casi toda vestida de militar. A medio camino entre las instalaciones subterráneas y la entrada principal a la base su móvil empezó a sonar.
—Hola –contestó.
—Doctor Hughes. Tenemos una alerta roja en uno de sus departamentos.
—Vaya, ¿no me diga?
—Sí, parece que ha habido una transmisión a personal científico.
—Bueno, ya sabe. Estas cosas pasan.
—Si doctor, lo raro es que ha sido en el área 12. Ahí no se hacen ensayos con humanos. ¿Qué habrá podido pasar?
—Sí que es raro, sí. Concréteme más, ¿en qué lugar del área 12?
—Laboratorio B, doctor.
—Bueno, no pasa nada, todas las eventualidades están contempladas en el protocolo de contención.
—Sí, mi llamada es para confirmar simplemente si procedemos con el protocolo ya o prefiere aislar e investigar primero.
—Nada de eso. No es necesario. Todo el trabajo está hecho ya. Usaremos el protocolo de contención total desde ahora mismo. Esa gente tendrá que pagar con sus vidas el error que haya cometido. Además, no es la primera ni la segunda vez que pasa. Trabajamos por la solución y, no hay duda alguna de que el sacrificio está más que justificado.
—Por supuesto doctor. Así es como la corporación actúa.
—Purgué el laboratorio B e infórmeme de inmediato del resultado.
Hughes colgó y su rostro volvió a bañarse de lágrimas una vez más. Su voz sonó inflexible durante la llamada, incluso como si hubiera disfrutado dando la orden de asesinar a veinte personas, pero todo había sido una farsa, un teatro para que nadie dudara de su adhesión a la causa. Después de aquella llamada telefónica su compromiso con la solución se había reafirmado aún más a ojos de la corporación.
Treinta segundos después recibió una nueva llamada.
—Hola –contestó.
—Doctor Hughes, se ha aplicado el protocolo de contención con éxito en el laboratorio B. Se ha aumentado la temperatura de la sala hasta los 500º centígrados, por lo que todo lo que había en el interior, salvo algunos metales, ha sido incinerado. Por supuesto que los tejidos vivos han desaparecido para siempre, transformándose en ceniza. La gente de personal se está encargando ya de la coartada sobre la causa de las muertes de esas personas, por si la pudiéramos necesitar.
—Hemos hecho lo correcto.

Hughes colgó. Sus palabras sonaron firmes, reflejando justo lo contrario a lo que hacían sus ojos inundados en lágrimas.